Día dos: pinta y colorea.

Mi segundo día en este lugar aún ajeno a mí.

Hoy sí que sí. Hemos empezado con las clases, o bueno las presentaciones de ellas. Nada más entrar a la primera de éstas he tenido una extraña sensación. Una sensación que se ha ido agravando a lo largo de la jornada...

La primera de mis clases de hoy hay sido Introducción a la escultura, en el edificio anexo. Edificio que, al igual que el principal, y para proseguir con esta línea de caos en movimiento, estaba en obras.

Es ahora el momento de desvelar la sensación que me acompañaba.

Al entrar en la cuidadosamente escondida aula E14 mi primera impresión ha sido que era una copia, universitariamente hablando, de una clase de manualidades de un colegio. Mesas de trabajo cubiertas de polvo de arcilla; manos marcadas en las paredes; estanterias que podrían relatar, literalmente, vivencias desde los años ochenta; trabajos de alumnos abandonados en las mesas...En definitiva, parecía que de un momento a otro nos iban a dar un tarro de pintura de dedos y nos íbamos a dibujar mariposas a modo de antifaz.

Pero no, en su lugar nos han pedido material como si fuéramos a trabajar en el gremio de la construcción: martillos, madera, doce kilos de arcilla...Aunque Don Ignacio, en vez de construccion, prefería llamarlo animación del espacio...

Siguiendo con la vida relajada propia de primeros días de clase, teníamos dos horas libres y no hemos tenido por más que dirigir nuestros pasos hacia las dos aulas más visitadas a lo largo del curso académico: la cafetería y el césped. De ese modo esperamos al comienzo de la siguiente clase: Introducción al color.

Y si en Introducción a la escultura no daban pintura de dedos, aquí nos daban las ceras plastidecor para que nos entretuvieramos. Haremos círculos cromáticos en guach.

Sí, tenemos dieciocho años.

Sí, vamos a la universidad a pinta y colorea.

Y no. No es un trabajo fácil.